
El absolutismo es una forma de gobierno donde el monarca (rey o reina) tiene el poder supremo y absoluto. No está limitado por leyes, constituciones o instituciones como el parlamento. Su palabra es ley.
En Inglaterra, el desarrollo del absolutismo fue un proceso complejo y, finalmente, incompleto. A diferencia de países como Francia, el absolutismo inglés encontró fuerte resistencia.
Uno de los primeros pasos hacia el absolutismo ocurrió con la dinastía Tudor (siglos XV y XVI). Reyes como Enrique VIII e Isabel I concentraron mucho poder en sus manos. Enrique VIII, por ejemplo, se declaró jefe supremo de la Iglesia de Inglaterra, eliminando la autoridad papal y aumentando su propio control.
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Con la llegada de la dinastía Estuardo (siglo XVII), las tensiones aumentaron. Jacobo I, el primer Estuardo, creía firmemente en el "derecho divino de los reyes". Esto significaba que pensaba que Dios lo había elegido para gobernar, y que no tenía que responder ante nadie, ni siquiera el Parlamento.
Su hijo, Carlos I, continuó con esta política. Intentó gobernar sin el Parlamento, imponiendo impuestos sin su consentimiento. Esto llevó a una fuerte oposición y, finalmente, a la Guerra Civil Inglesa (1642-1651).

La Guerra Civil resultó en la ejecución de Carlos I y el establecimiento de la República, liderada por Oliver Cromwell. Aunque Cromwell era un líder poderoso, su gobierno también fue autoritario y no duró mucho.
Después de la muerte de Cromwell, la monarquía fue restaurada con Carlos II. Sin embargo, el Parlamento había ganado poder y estaba decidido a limitar el poder del rey.

El intento final de establecer un absolutismo en Inglaterra ocurrió con Jacobo II. Sus políticas pro-católicas y su desprecio por el Parlamento llevaron a la Revolución Gloriosa de 1688. Jacobo II fue depuesto y reemplazado por Guillermo de Orange y María.
La Revolución Gloriosa fue un punto de inflexión. Guillermo y María aceptaron la Declaración de Derechos (Bill of Rights), que limitaba el poder del monarca y establecía los derechos del Parlamento. Este documento marcó el fin del absolutismo en Inglaterra y el comienzo de una monarquía constitucional, donde el rey reina, pero no gobierna absolutamente. El poder se comparte con el Parlamento.
En resumen, aunque varios monarcas ingleses intentaron establecer un gobierno absolutista, la resistencia del Parlamento y la sociedad civil lo impidieron. La Revolución Gloriosa consolidó la monarquía constitucional, marcando un rumbo diferente al de otros países europeos.