La Clasificación de la Hipertensión Arterial de 2017, elaborada por el American College of Cardiology (ACC) y la American Heart Association (AHA), define la hipertensión como una presión arterial sostenida de 130/80 mmHg o superior. Este cambio representa un umbral más bajo en comparación con las clasificaciones previas.
El aspecto clave de esta clasificación es la reducción del umbral para diagnosticar hipertensión. Anteriormente, se consideraba hipertensión una presión de 140/90 mmHg o superior. Este cambio implica que una mayor proporción de la población adulta será diagnosticada con hipertensión.
La clasificación se divide en cuatro categorías principales:
Elevada: Presión arterial sistólica entre 120-129 mmHg y diastólica menor a 80 mmHg.
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Hipertensión Etapa 1: Presión arterial sistólica entre 130-139 mmHg o diastólica entre 80-89 mmHg.
Hipertensión Etapa 2: Presión arterial sistólica de 140 mmHg o superior, o diastólica de 90 mmHg o superior.
CLASIFICACIÓN DE LA PRESIÓN ARTERIAL AHA | Iris Tolentino | uDocz
Las recomendaciones de tratamiento varían según la categoría. Para la presión arterial "Elevada", se recomiendan cambios en el estilo de vida. Para la "Hipertensión Etapa 1", el tratamiento depende del riesgo cardiovascular del paciente; si el riesgo es alto, se recomienda medicación, además de cambios en el estilo de vida. La "Hipertensión Etapa 2" generalmente requiere medicación y cambios en el estilo de vida.
Ejemplo 1: Un paciente con una presión arterial de 132/82 mmHg sería clasificado con Hipertensión Etapa 1. Ejemplo 2: Un paciente con una presión arterial de 125/75 mmHg sería clasificado con presión arterial Elevada.
Es crucial evaluar el riesgo cardiovascular global del paciente, considerando factores como la edad, el colesterol, el tabaquismo y la historia familiar de enfermedades cardiovasculares, para determinar la estrategia de tratamiento más apropiada.
El propósito de esta clasificación es identificar a personas con mayor riesgo de complicaciones cardiovasculares para poder intervenir tempranamente con cambios en el estilo de vida y, cuando sea necesario, con medicación, para reducir significativamente el riesgo de infarto de miocardio, accidente cerebrovascular, insuficiencia renal y otras complicaciones asociadas a la hipertensión no controlada. Su aplicación en la práctica clínica permite una detección más temprana y una gestión más agresiva de la hipertensión, con el objetivo de mejorar la salud cardiovascular de la población.