
La clave para entender los cambios que ocurren a nuestro alrededor reside en distinguir entre cambios físicos y cambios químicos. Empecemos con la definición: un cambio físico es una transformación que afecta la forma o el estado de una sustancia, pero no su composición química. En cambio, un cambio químico implica la formación de nuevas sustancias con propiedades diferentes.
Pensemos en ejemplos sencillos. Si rompemos un trozo de papel, solo hemos cambiado su forma: sigue siendo papel. Este es un cambio físico. Derretir hielo es otro ejemplo; el agua sigue siendo H2O, solo ha cambiado su estado de sólido a líquido. Otros ejemplos incluyen cortar madera, evaporar agua y disolver azúcar en agua (aunque la disolución puede ser más compleja en algunos casos).
Un cambio químico, por otro lado, genera sustancias nuevas. Cuando quemamos madera, no obtenemos madera de nuevo; obtenemos cenizas, humo y gases. La combustión es un cambio químico. Otro ejemplo clásico es la oxidación del hierro: el hierro se convierte en óxido, una sustancia distinta. Cocinar un huevo también es un cambio químico: la estructura de las proteínas se modifica irreversiblemente. Otros ejemplos incluyen la digestión de alimentos y la fotosíntesis en las plantas.
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¿Por qué es importante entender esto? Porque nos ayuda a comprender mejor los procesos que ocurren en la cocina, en la naturaleza, e incluso en la industria. Por ejemplo, al hornear un pastel, estamos provocando cambios químicos para que la masa suba y se cocine. En la industria, se usan cambios químicos para crear nuevos materiales como plásticos y medicamentos. Incluso observar si una fruta se pudre (un cambio químico) o simplemente se golpea (un cambio físico) nos ayuda a decidir si aún es comestible. Prestar atención a estos cambios nos permite interactuar mejor con el mundo que nos rodea.