
Frankenstein de Mary Shelley pertenece principalmente al movimiento literario del Romanticismo. Aunque contiene elementos góticos, su enfoque central en la subjetividad, la emoción y la naturaleza la alinean firmemente con los ideales románticos.
Uno de los aspectos clave del Romanticismo es la primacía de la emoción y la imaginación sobre la razón. Victor Frankenstein, impulsado por su ambición y sed de conocimiento, crea al monstruo sin considerar las consecuencias emocionales o éticas de su acto. Su búsqueda de la trascendencia y la obsesión con superar los límites humanos son característicos de la mentalidad romántica.
La fascinación por la naturaleza es otro rasgo distintivo. El paisaje, a menudo descrito con gran detalle, refleja el estado emocional de los personajes. Por ejemplo, la soledad y el aislamiento de Frankenstein se ven reforzados por los entornos naturales salvajes y desolados que frecuenta.
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El Romanticismo también se caracteriza por el individualismo y la rebelión contra las normas sociales. El monstruo, rechazado por la sociedad debido a su apariencia, representa la figura del marginado que cuestiona el orden establecido. Su búsqueda de aceptación y su posterior venganza son una manifestación de esta rebelión.

La exploración de lo sublime, entendida como la mezcla de terror y asombro ante la inmensidad de la naturaleza o el poder de la creación, también está presente. La creación del monstruo es un acto de subversión que desafía las leyes naturales y divinas, generando tanto admiración como repulsión.
Un ejemplo claro es el énfasis en el sentimiento. El dolor y el sufrimiento del monstruo, su anhelo de conexión y su búsqueda de identidad son temas centrales en la novela. Su capacidad para experimentar emociones complejas lo humaniza y lo convierte en una figura trágica.

Otro ejemplo es la idealización de la naturaleza como fuente de consuelo y refugio. Aunque la naturaleza también puede ser amenazante, los personajes encuentran en ella un escape de la sociedad y una forma de conectar con su propia interioridad.
En el mundo real, el Romanticismo sigue influyendo en nuestra apreciación por la individualidad, la creatividad y la conexión con la naturaleza. Su legado se manifiesta en el arte, la música, la literatura y nuestra percepción del mundo que nos rodea.